Hacia la ultraderecha

Nunca hablo de política en redes sociales, básicamente porque creo que lo que tenga que decir va a tener más peso en una urna que en una red social. Pero hablar de política no deja de ser hablar de la sociedad, y estoy preocupada por ella. Por nosotros. Así que hoy voy a hablar de nosotros.

Me gusta pensar que la era de la comunicación ha dado voz a grupos hasta ahora minoritarios, permitiendo que su marginación se haga cada vez más estrecha. Guardo la esperanza de que un día esa línea que fuimos dibujando durante tantos años se borre; que el mundo se dé cuenta de que nunca existió el «ellos», que siempre fuimos «nosotros», haciéndonos daño como especie.

Me gusta pensar que la moral de una sociedad se deduce del respeto que esta profesa hacia los demás seres vivos. Por ello, guardo la esperanza de que un día ese escalón que dibujamos para ponernos encima se borre y nos demos cuenta de que nunca existió el «ellos», que siempre fuimos «nosotros», formando parte de un todo al que le debemos nuestro mimo.

Me gusta pensar que este mundo se equilibrará a sí mismo, y por eso guardo la esperanza de que nos demos cuenta de que es nuestra responsabilidad, como parte de la Tierra que somos, de arreglar lo que nosotros mismos hemos destrozado.

Me gusta pensar muchas cosas. Cosas que me hacen tener esperanza. Quizá sea que sueño mucho y demasiado alto. Quizá espero demasiado de nosotros, pero eso es tan solo porque creo que lo podemos conseguir.

Por desgracia, hay una parte de mí que me repite una teoría. Una teoría que defiende que la sociedad es como un péndulo y que, al dirigirnos hacia uno de los extremos, estamos atrayendo el péndulo hacia el lado opuesto. Si vamos a la derecha, acabaremos en la izquierda. Si vamos a la izquierda, terminaremos en la derecha. Y, al final, todo se reduce a nada, porque movernos hacia un lado nos lleva al punto de regreso a la larga. No quiero pensar que de nada sirve moverse.

Y, por eso, ahora es cuando hablo de política. Ahora es cuando digo lo decepcionada que estoy con vosotros. Lo cierto es que me da igual si una persona es conservadora o progresista, de derechas o de izquierdas, o los otros muchos términos que se emplean para matizar las diferentes ideologías. Hay bases en las que toda la sociedad debería estar de acuerdo.

Que se forme un partido que fomenta el maltrato animal, que socava las libertades y derechos de los seres humanos y que aboga por la destrucción del medioambiente debería, sin ningún atisbo de duda, estar penado. Que haya quien lo vote es para replantearse seriamente la ignorancia, indiferencia y la inteligencia de dicho sujeto. Pero que salga representado en un órgano institucional… ahí nace el verdadero peligro.

El mundo está dando el giro hacia la ultraderecha de nuevo, como ya pasó en su momento, por si no lo recordáis, el siglo pasado. No hace tantos años. No se tiene ni que leer en los libros de historia; es historia viva. De verdad, simpatizantes de la ultraderecha, ¿en qué estáis pensando? ¿Qué os ha llevado ahí? Despertad. Despertad antes de que sea demasiado tarde o no habrá esperanza para nadie.

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Escalera al abismo

Imagina una escalera, una tan grande que ni siquiera te das cuenta de que tiene escalones. No sabes lo que es en realidad y empiezas a bajarla despacio, muy despacio al principio. Luego coges ritmo. Has aprendido tan bien dónde poner el pie que podrías hacerlo con los ojos cerrados. Hasta que un día ves una ventana. Una ventana enorme por donde entra toda la luz del sol. En ese momento te das cuenta de que habías estado bajando una puta escalera y de que te habías encerrado tú solito.

Supongo que así es la vida (cuando te equivocas, claro). Bajas, bajas y bajas a ciegas hasta que un día algo o alguien te arroja un chorro de luz. Pero lo cierto es que llevas tanto tiempo haciendo lo mismo que al principio no te lo crees del todo. Tardas un poco en asimilarlo. Te pones a repasar todo lo que has hecho, a verlo con otros ojos, y entonces caes. Caes en lo mucho que la has cagado. En lo mucho que te has abandonado. Y duele, joder, que si duele.

Lo mismo pasa con las relaciones, porque, al fin y al cabo, son parte de la vida, ¿no? En todas hay banderas rojas, en algunas más que en otras, pero con las gafas rosas de enamorado no se ve el rojo. Alguien te da un aviso y tú piensas que no tiene ni idea de vuestra relación. Otro te hace una sugerencia y lo rechazas pensando que qué coño hace metiéndose donde no le llaman. Un amigo o familiar te lo compara con una relación antigua y tú piensas que ese ex era un pedazo de mierda que nada tiene que ver con tu pareja. Ay, hasta tú ves algunas banderas, pero les das una bonita excusa, una excusa plausible. Perfectamente válida. Así que lo solucionáis (o eso crees).

Todo parece estable durante un tiempo; sin embargo, la vida es dinámica y ¿qué pareja se mantiene siempre en el mismo punto? No, tiene que cambiar. Siempre cambiamos. Somos caos. En el cambio viene la primera gran decepción. El primer gran sofoco. La primera gran bronca. Es como el fin del mundo y todo apunta a que la cosa no saldrá de nuevo a flote. Pero sale, y, aunque el daño está hecho, la vida parece ser de nuevo un camino de rosas. El pobre y estúpido espejismo del caminito de rosas. Menuda gilipollez. Obviamente la decepción vuelve, esta vez con toda su fuerza. Aunque tú ya no la vives igual… ¿verdad? Duele, pero no tanto. Es más profundo, sí, pero más llevadero. Hay certeza y asertividad en esa decepción, y es en ese instante en el que descubres que te has enfriado. Que los fantasmas de las dudas aporrearon tu confianza y ni un ejército de Hodor atrancados habrían logrado sujetar ese portón. Ay, cielo, una vez abierto no hay vuelta atrás. Ya nunca hay vuelta atrás.

Lloras, porque sabes que esa felicidad que viviste no volverá. Que incluso pudo no haber sido verdad. La realidad te ha golpeado y ha ganado la partida.

Pero déjame decirte una cosa: su victoria es la tuya. Ahora eres libre, porque quizá no lo supieras, pero esa ventana que apareció en las escaleras hacia el abismo estaba abierta y tú tienes unas magníficas alas para echar a volar. Así que, amigo, ahí tienes mi consejo: vuela. Vuela y no regreses jamás.

Sin miedo a concursar

Últimamente he leído bastante sobre gente desanimándose por no ganar en concursos literarios. Voy a decir un par de cosas al respecto que considero importantes sobre este tema. Llevo escribiendo desde los seis años. La primera vez que me presenté a un concurso literario tenía ocho. Si mal no recuerdo, mi primer premio fue a los 11, y fue un segundo premio. Desde entonces me he presentado a infinidad de concursos y he ganado muy, muy pocos. Eso no necesariamente significa que escriba mal. Como en todo, cualquier escritor es mejorable, pero que no ganes lo único que quiere decir es que, en la valoración final, el jurado ha escogido otro relato.

He sido juez en certámenes literarios y conozco de primera mano la subjetividad a la hora de seleccionar los relatos ganadores. En mi caso, tengo una plantilla con una serie de aspectos que el relato ganador debe cumplir, desde el más básico (como la corrección ortotipográfica) hasta los más complejos, como pueden ser la limpieza de estilo, el manejo de la prosa, etcétera. En definitiva, la belleza literaria. Sin embargo, los tres que más puntúo no son exactamente técnicos: mensaje/moraleja, simetría e impacto emocional. Fijaos si es subjetivo el impacto emocional.

Recuerdo un concurso en el que quería darle la máxima puntuación a un relato que cumplía casi, casi todo. De verdad, tocaba el corazón. Pero le fallaba la ortografía, y yo nunca premio un relato con faltas de ortografía. ¿La buena noticia para ese concursante? Que los otros miembros del jurado lo pasaron por alto y el cuento finalmente ganó. Poca gente sabe lo que se le pasa por la cabeza al que evalúa los relatos, y al final todo se reduce al impacto que le has generado a ese lector concreto. Así que no os desaniméis. Seguid intentándolo. Seguid luchando. Puede que no ganéis nunca, puede que sí. Como mínimo os aseguro que, con el tiempo, habréis cogido un quintal de experiencia y puede que incluso hayáis reunido material suficiente para publicar toda una antología de cuentos. Y ahí os leerá mucha más gente. Y gustará.

De reinas y dragones

Los tiempos han cambiado y deben seguir cambiando. Recuerdo que hace un tiempo echaron por televisión una película que revindicaba el derecho de las mujeres en ciertos aspectos en un pueblo anclado a sus tradiciones más remotas. Defendía ser una película feminista, pero me enfadó tanto que no pude verla, y es que ese mensaje no era suficiente. Ahora me estoy leyendo un libro maravilloso con personajes femeninos fuertes, pero que tienen que luchar por ser libres. Libres de ser coronadas, de ser mercaderes, de convertirse en aventureras y hasta en sirenas. Y no, eso tampoco me basta.

No me basta con que digan que las mujeres valemos en una sociedad de hombres. No nos basta. Ni la sociedad es de los hombres ni la valía de las mujeres debe ser puesta en tela de juicio. Hay que dar un paso más. Porque digo yo una cosa: nos ponen en los medios día sí y día también imágenes de violencia hasta que la vemos como algo normal; ¿por qué? ¿Por qué no lo cambiamos y empezamos a hacerlo con mensajes positivos? Simplemente aceptar que las mujeres y los hombres tenemos igualdad de derechos y oportunidades, plasmarlo en la realidad como algo normal, con la normalidad que debería tener, con la normalidad que espero que tenga en un futuro cercano.

Músicos, pintores, escultores, fotógrafos, cineastas, escritores… todos los artistas somos un reflejo, un grito, de la sociedad en que vivimos. Alcemos esta vez la voz, promovamos el cambio. No quiero más libros en los que las mujeres luchan contra un matrimonio concertado, ni películas en las que un grupo de mujeres brillantes debe hacerse oír frente a otro grupo de hombres de mente cerrada. No me importa lo bellas que sean esas obras o que se trate de clásicos; quiero avanzar, quiero que avancemos. Quiero leer historias sobre mujeres seguras, que aprenden de sus errores, que se les permite explorar y caer, mujeres brillantes con todos sus derechos, con la misma fuerza en sus arcos argumentales que las que tienen los hombres y que esa lucha no tenga absolutamente nada que ver con la diferencia de sexos. Quiero historias en las que una chica pueda ser una princesa o una reina, si le place, o una guerrera o ambas cosas (¡porque puede ser ambas cosas!); mujeres que se rescaten solas de la torre o que ni siquiera entren porque hayan matado ellas al maldito dragón; mujeres tan poderosas que ellas mismas se conviertan en dragón y sean las heroínas de la historia y no las villanas; mujeres que lleguen a lo más alto de su carrera sin que les señalen que han sido las primeras o que les recuerden que es un sector masculinizado.

Quiero ver y leer historias con mujeres reales (es decir, fuertes e independientes), con la clase de historias que merecemos que sean contadas, esas que, si alguna vez tengo hijas e hijos, me sienta orgullosa de contárselas. Y sí, si tengo que sentarme y escribirlas yo misma, que así sea, porque soy una mujer real: si quiero algo, voy a por ello.

INFAUSTA GENERACIÓN MILÉNICA

Así citaba un usuario de Twitter a toda una generación de nativos digitales en una consulta a la Real Academia Española a través de la citada red social.

Si todavía no tienes claro qué implica esta generación, como era mi caso hasta hace poco, permíteme que te lo explique. La generación Y, del milenio o milénica (o en inglés y más conocida, millennial), abarca a todos los nacidos entre mediados de los 80 y finales de los 90 que se adaptaron con rapidez al vertiginoso avance tecnológico del cambio de milenio. Al leer la definición comprendí que yo misma era también una millennial. Hasta entonces pensaba que ese término solo se aplicaba a los que habían nacido con una tablet bajo el brazo, es decir, a los niños del nuevo milenio. Pero no. En ese saco nos metieron a los de final de siglo, una etiqueta que algunos de nosotros no entendemos. Aun así, cuando lo supe, dije: vale, no pasa nada, solo están poniéndonos nombre. Pero, de nuevo, me equivoqué. No han tardado demasiado en llovernos las críticas como generación, aunque sin duda lo peor son todas las mentiras que se divulgan sobre nosotros y que incitan a la discriminación y al odio. Y, ¡oh!, aquí ya sí que no me pienso callar.

Dicen de nosotros que nos creemos dioses. Dicen que pensamos que tenemos el futuro regalado. Dicen que no sabemos hablar en español.  Dicen, dicen, dicen… No tenemos ningún complejo megalomaníaco, ni nos creemos merecedores de ningún trato especial, ni hemos olvidado nuestra lengua nativa. Te contaré la realidad de la llamada infausta generación millennial.

Mamamos del seno de una sociedad en crecimiento, de una sociedad que fomentaba los estudios en los más jóvenes porque gran parte de sus predecesores no habían tenido la oportunidad de estudiar y querían un futuro mejor para sus hijos. Nos criaron pensando que tener títulos nos daría un salario digno. Pero luego llegó la crisis, y con ella, los pillos, los ladrones, los corruptos… Y lo que en su día empezó como un derrumbe de la economía se convirtió en una torre de naipes: despido fácil, trabajo basura. A una reforma laboral le siguió otra, y otra… Se privatizó parte de la educación. Ya no bastaba con tener tu título universitario; además, era obligatorio sacarse el máster, ese que tiene los contenidos que antes incluía tu carrera, pero ya no porque, oh, cambiamos el plan académico por otro que ya había demostrado ser un fracaso en el resto de Europa. Y de los precios ni hablemos. Por supuesto, hubo un auge tremendo de másters, y ya tampoco bastaba con tener solo uno. Cuantos más, mejor. Por si fuera poco, se nos exigía conocimiento de idiomas. Y aprendimos inglés. Nos hicimos bilingües, tan obedientes nosotros. Lo integramos en nuestras vidas: nuestros estudios, nuestros trabajos, nuestra vida personal. Pero, claro, llegó un punto en el que todos sabíamos inglés y eso ya no era ninguna novedad. Ya no era un plus al currículum. Así que aprendimos más idiomas: alemán, francés, italiano, portugués, chino… y, ¡qué narices!, japonés.

Y así llegamos. Si fueras un millenial, esta sería ahora tu vida: tienes casi 30 años, una o más carreras, varios másters, eres políglota, has viajado por medio mundo estudiando, costándole los dos riñones a tus padres. Tienes un CV extraordinario. Ya deberían contratarte, ¿no? ¿Qué podrían pedirte que te falte?

Experiencia.

Y van y te piden experiencia. Que lleves al menos cinco años trabajando. Vaya, pero hace cinco años te estabas sacando uno de los mil estudios que te pedían. Y aceptas la última mierda, lo que más horas te consume, lo peor pagado. No llegas a fin de mes. Creías que podías independizarte, dejar de sacarle los cuartos a tus padres… pero ahí estás de nuevo, con las manos tendidas y la cabeza gacha, porque hasta tú sabes que no puedes alimentarte a base de lonchas de jamón de york eternamente.

Y ahora viene cuando nos critican, cuando tachan a nuestra generación de infausta, cuando nos llaman rebeldes y reivindicativos, cuando nos señalan porque estamos hartos de agachar la cabeza y asomar el culo. Nos decís que usamos palabras en inglés en nuestro día a día; eso forma parte de ser bilingüe, vosotros nos obligasteis. Nos dicen que nos vamos muy tarde de casa. Dime: ¿a dónde vamos si no? Nos dicen que nos quejamos por no querer trabajar horas gratis; perdona, eso se llama esclavitud y es ilegal. Queremos sueldos dignos, acordes a todo lo que hemos invertido en estudios. Queremos horarios dignos. Tenemos derecho a comer, a dormir, a formar una familia, que luego nos criticáis que tenemos hijos muy tarde. No queremos un puto chalé en Denia. Queremos lo que nos prometisteis. Queremos que no haya más engaños. Queremos una vida digna. Una vida normal.

¿Seguís llamándonos infausta generación milénica? Adelante. Al menos nosotros vemos al lobo bajo el disfraz de cordero. Será que aprendemos rápido.

10 Brands That Got Millennial Marketing Right | SEJ

 

La escalada de la violencia

Han desaparecido dos de mis gatos. En mi casa esto solo pasa por dos razones: los han atropellado (en cuyo caso no llegan muy lejos y los encuentro) o alguien los ha envenenado (y ahí, salvo que consigan escapar y morir en mis brazos, no vuelvo a verlos nunca). Tengo gatos desde que los seis años. Ahora tengo 24. Me gusta que vivan en libertad y eso supone asumir el riesgo de que salgan a la calle y les pase un coche por encima, pero son muy pocos los que han fallecido así y demasiados los que han desaparecido o han regresado a casa echando espuma y sangre por la boca.

Si me estás leyendo y eres de los que maltrata y asesina animales, respóndeme a esto: ¿te gustaría pasar por lo que les haces a ellos? No sé, ¿te gustaría ver a algún miembro de tu familia o amigo morir así? Puedo entender que no veas a otros animales a tu misma altura, oh, increíble ser humano, cumbre de la especie animal. Sinceramente, es una visión del mundo que no comparto, pero puedo entenderla. Puedo entender que vivas según esa jerarquía. Lo que no entiendo es que sientas tan poco respeto hacia otras formas de vida como para acabar con ellas por simple diversión o porque te molestan. Esos gatos a los que con tanta sangre fría matas los he criado yo. Les he dado de comer, los he curado, los he mimado. Sé lo que les gusta, lo que sienten, conozco su personalidad. Porque, ¿sabes?, los demás animales también tienen su propia personalidad. Lo descubrirías si dedicaras un mínimo de tu tiempo a entenderlos en lugar de matarlos.

Y a todos los demás que estáis leyendo esto y no tenéis las manos manchadas de sangre, os diré una cosa sobre este tipo de gente: están a solo un escalón de omitir la empatía hacia los de su misma especie; hoy pueden hacérselo a un gato que no os importe, pero mañana podrían hacérselo a uno de vuestros seres queridos. Es cosa de todos detener la escalada de la violencia.

«FÁCIL»

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El lenguaje es el instrumento de la sociedad. Nace y crece según las necesidades de la gente, de su cultura, de sus tradiciones. Nos permite entendernos y avanzar, pero en ocasiones se convierte también en un yugo para varios de sus hablantes y en una forma de afianzar esa conducta opresora.

Normalmente, el lenguaje cambia conforme lo hace el pensamiento social, pero a veces este pensamiento progresa tan despacio que debemos darle un empujón y modificar nuestra forma de hablar antes que nuestras costumbres.

Ese es el caso del sexismo. Llámese también machismo. Llámese como se llame, pero que supone situar a la mujer en un nivel inferior al del hombre. Convertirla en diana de juicios, de agresiones, de violaciones…, de asesinato.

Hay ahora muchas personas luchando contra la pluralización de los nombres en su forma masculina, bien usando una x o una e en lugar de la o, tendencia de la que admito no ser partícipe. Es verdad, hay que cambiarlo. Es muy probable que con los años encontremos la forma de omitir el género en el plural, pero para mí por el momento hay otras prioridades. No creo que mucha gente busque la palabra «fácil» en el diccionario de la Real Academia Española, pero quien lo haga encontrará una acepción que no debería aparecer, y está porque se usa. Porque todavía se le llama «fácil» a aquella mujer libre que hace con su cuerpo lo que desea.

Cuidado, porque la definición no dice persona, ni siquiera dice promiscua. No. Dice, textualmente, «que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales». Me imagino a un niño leyendo esto. ¿Qué idea le generará? Me imagino a un adulto: ¿qué idea le reforzará? Pues esa misma idea que deberíamos erradicar: que, si una mujer acepta tener relaciones sexuales, es una facilona, una golfa, una zorra, una puta. Que una mujer no puede tener relaciones sexuales por gusto, que no puede follar con quien le dé la gana.

Digo yo, R.A.E., ¿qué tal si en vez discutir las palabras que deben llevar tilde o si el imperativo del verbo ir se puede poner con r te dedicaras a discutir qué palabras nos menosprecian y socavan la integridad del ser humano? Porque, al contrario de lo que dice tu acepción, humanas también somos las mujeres. Seres racionales con derecho VIVIR, en mayúscula, VIVIR en libertad.

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Querida R.A.E., empieza a corregir nuestro léxico. Tú, que «limpias, fijas y das esplendor», deja de llamar a las mujeres fáciles. Evita que digamos que algo insoportable es un «coñazo» o que algo estupendo es «la polla» y «cojonudo», evita que para insultar a alguien llamemos a su madre puta, porque ese oficio denigrante no es la causa de que su hijo o hija sea un cabrón (palabra de la que también deberías eliminar una acepción, porque ya ni recuerdo quién la usa para decir que su mujer le ha sido infiel).

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Y vosotros, queridos lectores, sed conscientes de lo que decimos. Corregiros a vosotros mismos, corregid al resto. Hagamos esta sociedad un poco más libre, un poco más sana. Y, así, quizá algún día decir «fácil» solo implique que una tarea requiere poco esfuerzo.